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La pelea de los ''huesos de aceituna'' en el Congreso... que acabó en un ''descojono''

La pelea de los ''huesos de aceituna'' en el Congreso... que acabó en un ''descojono''

Fecha: 19 Febrero 2020 13:03

Las sesiones de control al Gobierno son como las discusiones de novios. Un río de recriminaciones previsibles que, de repente, en el momento más insospechado, se desborda para convertirse... "en un descojono". Permítase este exabrupto: fue el vicepresidente Iglesias quien dio entrada al verbo genital desde la bancada azul.

La política de la crispación arroja amistades peligrosas. Cuando Teodoro García Egea pregunta, el de Podemos se desc... ríe. Y viceversa. Se quieren como adversarios. A Teo -mano derecha de Casado- sólo le llaman "Teodoro" su madre y Pablo Iglesias. Y a Iglesias, todavía, sólo le llaman "vicepresidente"... "Teodoro" y Pedro Sánchez.

El secretario general del PP achacaba al Gobierno haber encumbrado a un "cartero". Se la puso botando. Iglesias, el futbolista que cambió la cinta y la camiseta republicana por el traje, chutó a puerta y recordó el palmarés de García Egea, flamante campeón mundial en lanzamiento de huesos de aceituna.

19 metros fue la marca que le valió el trofeo, muchos menos de los que le separan de la bancada socialista. Si quisiera, podría acertar en el ojo de Sánchez. Una escena que resumiría de un plumazo la debacle de este parlamentarismo convertido en bombonera. "¡ERES, ERES, ERES!", gritaron al PSOE los de PP y Vox. No hay miércoles sin canto futbolístico ni interviniente sin insulto. Los "comunista" y "fascista" se amontonan en las esquinas como los libros viejos en el Rastro.

Esfumada la complicidad de Iglesias y García Egea, se jodió el Perú. La inofensiva pelea de los huesos de aceituna dio paso al lado más oscuro de la política: la utilización de un colectivo de víctimas con objetivos partidistas. A cuenta de las niñas violadas en Baleares, PP y Vox intercambiaron con el Gobierno una ristra de puñetazos sin gracia, más propios de un after que de una discusión de diputados.

A Iglesias le poseyó la sensatez durante algunos segundos -"deberíamos trabajar todos juntos"-, pero acto seguido se le desbocó el caballo: "¡A ustedes se les olvida lo que ocurre en la Iglesia católica!". ¡Señorías, que hay niños en la sala! ¿De verdad tiene que presenciar esto la criatura que traerá al mundo Arrimadas?

El punto G del cabreo

Menos mal que estaban Pedro Sánchez e Ignacio Garriga -timorato debutante de Vox- para bajarle el volumen a la Cámara con sus discursos leídos de cabo a rabo. Hoy, Sánchez llevaba uno de sus míticos papeles impresos y subrayados en rojo, pero se soltó con otro escrito a mano, como si fuera... más de verdad.

Es tan poco el tiempo que habla cada diputado que, con una retahíla de datos, uno puede salir indemne, sin ser rebatido. Se trata de una técnica a la que el presidente saca mucho partido. Que si los puestos de trabajo, que si el empleo femenino, que si la reforma tal, que si el porcentaje cual... Le faltó apostillar, como hacía aquel controvertido tertuliano de televisión: "¡Y si puedes, desmiéntemelo!".

Arrimadas, que le mencionó todos los enchufados en las empresas públicas, le puso algo nervioso. El presidente sufre un trastorno freudiano en relación a Ciudadanos de difícil solventación. Le ocurría con Albert Rivera. Meses después del descalabro, sigue siendo mucho más ácido con los naranjas que con Casado.

La liberal, sumida en la irrelevancia de los diez escaños, lo tiene difícil, pero conoce el punto G del cabreo de Sánchez, que se alteró lo suficiente como para emular a Mariano Rajoy. Sobre las empresas públicas, dijo literalmente: "Este gobierno, señoría, cree realmente que las instituciones son de los españoles y por tanto cree que tienen que estar al servicio de todos los españoles y españolas". ¿Se acuerdan de lo del "alcalde es el vecino"?

El colofón lo puso Cayetana Álvarez de Toledo, que siempre lleva bajo el brazo alguna sentencia unamuniana: "La nación toma nota". Y el gran problema es, precisamente, que los diputados... no lo notan.


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