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La muerte anunciada de Jacinta de Fátima

La muerte anunciada de Jacinta de Fátima

Fecha: 17 Febrero 2020 02:44

La virgen de Fátima le había anunciado el día de su muerte y, tras padecer horribles dolores, así sucedió

El próximo jueves se celebra el centenario de la muerte de Santa Jacinta Marto, una de las tres videntes de Fátima, canonizada por el Papa Francisco en 2017. En mi libro «El cuarto vidente de Fátima», publicado por Martínez Roca con motivo del centenario, relato con todo detalle las últimas horas de la pastorcita. Corría el 20 de febrero de 1920, primer viernes de Cuaresma, cuando Jacinta se debatía ya entre la vida y la muerte. La Virgen de Fátima le había revelado el día exacto de su fallecimiento, razón por la cual ella, con tan sólo nueve abriles, insistía en reclamar la presencia urgente junto a su lecho del padre Manuel Nunes Formigâo, esa misma noche. No en vano, su prima Lucía dejó escrito de su puño y letra: «Desde Lisboa, Jacinta me hizo llegar el recado de que Nuestra Señora ya le había dicho el día y la hora en que moriría».

Jacinta Marto ya había avisado a la enfermera a las seis de la tarde del día 20 de febrero, insistiéndola en que como iba a morir esa misma noche deseaba recibir los últimos sacramentos, pese a haber confesado y comulgado poco antes de su ingreso en el hospital. El padre Pereira dos Reis, párroco de Los Ángeles, le dio la absolución sobre las ocho de la noche y prometió llevarla a Comunión al día siguiente convencido de que la niña, por más que repitiese que estaba a punto de fallecer, seguiría aún vivita y coleando para entonces. El párroco conocía la opinión unánime de los médicos sobre el feliz desenlace de la operación, pero era evidente que la Virgen sabía mucho más que todos ellos.

Días antes, el 10 de febrero de 1920, la pequeña había sufrido horrores en manos de los cirujanos. Su cuerpecito desnudo se sometió indefenso, ante su vergüenza impotente, al riguroso escalpelo del doctor Leonardo de Castro Freire, médico jefe del hospital y uno de los más acreditados cirujanos pediatras portugueses, asistido por el doctor Elvas. La extrema debilidad de Jacinta había impedido al anestesista suministrarle el preceptivo cloroformo, sustituido finalmente por una sedación local; de modo que la niña debió padecer resignada la terrible humillación para ella de verse desnuda y observada ante el gran foco del quirófano por una pareja de extraños enfundados en sendas batas blancas.

La madre Godinho presenció toda la operación y daba fe de esa permanente turbación que hizo verter muchas lágrimas a la pequeña, mientras permanecía indefensa a merced de los cirujanos. Del costado izquierdo le extrajeron dos costillas; la herida era tan grande, que cabía el puño entero para poder palparle las entrañas. El diagnóstico no era menos edificante: «Pleuresía purulenta, con una gran cavidad al lado izquierdo, fistulosa; y osteítis de las costillas séptima y octava del mismo lado».

La enfermera Leonor da Assunçao, que no era creyente, le refirió a su compañera Mariana Reto Mendes que la vidente sufrió el corte de dos costillas y que le aplicaron luego unas vendas con una solución de Dakin; esto es, una fórmula diluida de hipoclorito de sodio y otros ingredientes estabilizadores empleada tradicionalmente como antiséptico. «Este tipo de vendaje quema mucho y es muy doloroso. Pero Jacinta nunca se quejaba», comentaba la enfermera.

Carcomida por el vacilo de Koch, Jacinta padecía su propio Gólgota, ingresada desde el día 2 de febrero de 1920, festividad de la Purificación, en el hospital de Doña Estefanía. En nada recordaba ahora la moribunda a la descripción que hizo de ella su prima Lucía con seis años: «Bien desarrollada, de natural robusto, más delgada que gruesa, de color tostado por el aire y el sol de la sierra. Ojos grandes y castaños, muy vivos, protegidos por grandes pestañas y cejas negras; mirada dulce y tierna y, al mismo tiempo, viva». La Virgen ya le había avisado del gran sufrimiento que le aguardaba para salvar almas. Semanas antes, a Jacinta le había faltado tiempo para sincerarse así con Lucía: «Me dijo –explicó ella, en alusión a la Virgen– que iré a Lisboa, a otro hospital; que ya no volveré a verte, como tampoco a mis padres, y que después de sufrir mucho, moriré solita. Pero añadió que no tenga miedo, porque Ella vendrá a por mí para llevarme hasta el Cielo». Y así fue.


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