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El Barcelona no acaba el trabajo en un polémico partido

El Barcelona no acaba el trabajo en un polémico partido

Fecha: 14 Diciembre 2019 19:02

Estadísticas. El partido, en directo

Corría el minuto 92 del partido cuando Gerard Piqué, que había corrido como un demonio para atrapar el gol del triunfo del Barcelona, acabó derrumbado sobre el césped del Reale Arena. Diego Llorente, en plena disputa con el barcelonista, le había agarrado de la camiseta y el colegiado Javier Alberola Rojas consideró que ahí no había nada que señalar. Si acaso, saque de puerta. La indignación azulgrana con el árbitro -o con esa entidad indescifrable llamada VAR-, más allá de la acción concreta, respondía a lo ocurrido justo al comienzo, cuando fue Busquets quien estiró la camiseta del propio Llorente en una acción que sí concluyó en penalti. De ahí la gresca.

En tiempos en que no hay mejor opio que el de la polémica y la turbulencia, unos días deportiva, otros política, el desenlace fue de lo más oportuno ante la disputa del próximo clásico. En la buhardilla reposarán, sin embargo, otro tipo de cuestiones. Como las dificultades en la gobernabilidad del equipo de Valverde, la escasa incidencia en el juego de los centrocampistas mientras Arthur surfea por el purgatorio, la insistencia en que Arturo Vidal ejerza de Señor Lobo en la agonía o la repentina vulnerabilidad de Ter Stegen en los centros laterales. El Barça remató menos, pasó menos y recuperó menos que una Real Sociedad que también le ganó la posesión (53,4%-46,6%).

Llevaba un buen rato Martin Odegaard danzando por el campo con la pelota cosida a los pies cuando el Barcelona de la pegada y el tridente -con todo lo que ello supone- mostró la crudeza de su plan. Llorente, que venía enzarzándose con Luis Suárez, midió mal la salida. El uruguayo, perro viejo, atrapó la pelota a la espalda del central para lanzar la carrera de Griezmann. Y el francés no tuvo más que emular el gol visto hace una semana frente al Mallorca. Combinó velocidad y precisión. Genio y arte. Sacó el taco ante la salida del portero y el cuero voló con dulzura hasta acabar enredado donde debía.

Un zarpazo, algo de tranquilidad y el Barcelona podía disponerse a negar todo lo que había ocurrido en la primera media hora. Ese tramo en el que la Real Sociedad, uno de los equipos más vistosos, pero también más inocentes, del campeonato, cercenaba toda actividad creativa barcelonista para gustarse de lo lindo tras el dorsal de un Busquets que recibió órdenes de salir una y otra vez a la presión. Sin reparar su entrenador en que nadie cubriría el socavón. Lo veían Guevara y Merino, siempre dispuestos a enlazar desde la misma divisoria con el sueco Isak, sustituto esta vez de Willian José.

Aunque quien mejor interpretaba lo que allí ocurría era Odegaard, capaz de ocupar los espacios desatendidos y de intimidar cada vez que avanzaba en línea recta hacia la portería. De no haber sido por Piqué, totémico esta vez en la corrección ante los duelos perdidos por sus compañeros, los azulgrana hubieran pagado aún más caro ese deficiente amanecer.

Nada evitó, sin embargo, que la Real Sociedad se avanzara en el marcador. Busquets agarró con poca gracia a Llorente a la salida de un córner. Lo hizo con el árbitro como espectador privilegiado y sin demasiado disimulo. Nada que objetar al penalti, si no fuera porque no hay saque de esquina en que no se repitan esas mismas escenas sin castigo de por medio. Oyarzabal, responsable del disparo desde los once metros, dejó sentado a Ter Stegen mientras clavaba la mirada hacia una derecha que no fue tal.

Quizá creyó el Barcelona que el desconcierto acabaría con el gol del momentáneo empate. Y reafirmó la sensación una vez iniciado el segundo acto, cuando se vio de repente en ventaja tras otro episodio vertiginoso. Esta vez, gracias a que Sergio Busquets supo abrió en canal la defensa avanzada de la Real y Messi, con el cielo abierto, ofreció el gol a Luis Suárez. Ni siquiera le hizo falta al ariete rematar con limpieza porque el gol ya lo había atado el rosarino con su pase.

Pero el equipo de Valverde no supo aprovechar su momento. Griezmann no enfocó bien el remate ante un Remiro que sólo tuvo que mantener la posición. Poco después, Piqué vio cómo le arrebataban la gloria sobre la misma línea de gol. Y los hombres de Alguacil, crecidos ante el indulto, volvieron a creer en Odegaard. En que una nueva vida era posible. Y en que el Barcelona, otra vez irregular cuando echaba la vista atrás, bien podría ofrecer una nueva rendija.

Y ésta apareció en el lugar más insospechado. Sí, en la manopla de Ter Stegen. El alemán respondió a un centro de Monreal con un mal manotazo hacia el centro. Isak no tuvo más que embocar.

Ernesto Valverde ya no supo cómo remediarlo mientras la tarde se aceleraba sin remedio. Sentó a Busquets y dio cuerda a Aleñá, un futbolista del que el club piensa desprenderse en el mercado de invierno. Ofreció descanso a Jordi Alba para que Semedo estirara las piernas. Y Arturo Vidal y su fútbol agónico, cómo no, aparecieron como última solución. Nada iba a cambiar. Piqué ahogó un grito desde el suelo.

El Barcelona tendrá ahora que decidir si su desconsuelo responde al arbitraje o a pecados propios. La ira nunca mezcló bien con la cordura. Ni en la vida ni en el fútbol.


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